Charles Spurgeon Collection: Spurgeon - C.H. - Solamente por Gracia (Only by Grace): 09 AiHay de mi! Nada Puedo Hacer

Online Resource Library

Commentary Index | Return to PrayerRequest.com | Download

Charles Spurgeon Collection: Spurgeon - C.H. - Solamente por Gracia (Only by Grace): 09 AiHay de mi! Nada Puedo Hacer



TOPIC: Spurgeon - C.H. - Solamente por Gracia (Only by Grace) (Other Topics in this Collection)
SUBJECT: 09 AiHay de mi! Nada Puedo Hacer

Other Subjects in this Topic:

9

¡HAY DE MI!, NADA PUEDO HACER



Después de haber aceptado la doctrina de la reconciliación y comprendido la gran verdad

de la salvación mediante la fe en el Señor Jesús, el corazón atribulado se inquieta muy a menudo

por un sentimiento de incapacidad respecto a la práctica del bien. Muchos suspiran, diciendo:



¡Hay de mi; nada puedo hacer! Y no lo dicen en sentido de excusa, sino lo sienten como carga

pesada diariamente. Harían el bien si pudieran. Cada uno de estos podría decir francamente:

«Porque el querer el bien está en mi, pero no el hacerlo» (Rom_7:18).

Esta experiencia parece hacer todo el evangelio nulo y sin efecto; pues ¿para qué sirve el

alimento, si está fuera del alcance del hambriento? ¿Para qué sirve el río de agua viva, si el

sediento no puede beber? Nos acordamos aquí de la anécdota del médico y del hijo de la madre

pobre. El médico le dijo a la madre que su hijito pronto mejoraría bajo un tratamiento propio del

caso, siendo absolutamente necesario que con toda regla tomara del mejor vino de Oporto y que

pasara una temporada en los baños termales de Alemania. ¡Receta para el hijo de una madre

pobre que apenas tenía pan para llevar a la boca! Así el evangelio no parece al alma ansiosa cosa

tan sencilla al decir. «Cree, y vivirás,» porque pide al pobre pecador que haga lo que no puede

hacer. Para el verdaderamente despierto, pero poco instruido, parece faltar un eslabón a la

cadena. A lo lejos está el remedio, pero ¿cómo obtenerlo? El alma se siente sin fuerzas y no sabe

que hacer. Está cerca, a la vista de la ciudad de refugio, pero no puede entrar por la puerta.

¿No se ha tenido en cuenta esta falta de fuerza en el plan de la salvación? ¡Claro que sí!



La obra del Señor es perfecta. Esta empieza por donde nos hallamos, y nada nos pide para

perfeccionarla. Cuando el buen samaritano vio al viajero herido tendido en el camino medio

muerto, no le pidió que se levantara, viniera, montara su asno y se dirigiera a la posada. No, no.

Se le acercó, vendó sus heridas y le puso sobre su cabalgadura y le condujo al mesón. Así nos

trata Jesús en nuestro estado lamentable.



Hemos visto que es Dios el que justifica, que justifica a los impíos y que los justifica

mediante la fe en la preciosa sangre de Jesús. Ahora vamos a ver la condición en la cual se hallan

estos impíos al empezar Jesús a salvarles. Muchas personas listas por ver su condición, no

solamente se hallan atribuladas con motivo de sus pecados sino con motivo de su flaqueza moral.

Carecen de fuerzas para escapar del lodo en que han caído y de cuidarse del mismo en el

porvenir. No solo se lamentan por lo que han hecho, sino por lo que no pueden hacer. Se sienten

sin fuerzas, sin recursos, sin vida espiritual. Parece extraño decir que se sienten muertos, y no

obstante así. En su propia estimación son incapaces de todo bien. No pueden andar por el camino

del cielo por tener las piernas rotas. Tanto se sienten sin fuerzas. Felizmente está escrito como

recomendación del amor de Dios para con nosotros: «Cristo, cuanto aún éramos débiles, a su

tiempo murió por los impíos»
(Rom_5:6).



Aquí vemos la incapacidad consciente socorrida: socorrida por la intervención del Señor

Jesús. Nuestra nulidad es completa. No está escrito: «Cuando aún éramos comparativamente

débiles, Cristo murió por nosotros,» o «cuando solo teníamos un poco de fuerza,» sino la

afirmación es absoluta, sin limitación, «Cuando aún éramos débiles.» Nos faltaba toda fuerza

para ayudarnos en la obra de la salvación. Las palabras de nuestro Señor eran verdaderas, «Sin

mí nada podéis hacer»
(Joh_15:5). Podría ir más allá del texto y recordarte del gran amor con

que el Señor nos amó, «aun estando nosotros muertos en pecados.» El hallarse muerto es aun

peor que hallarse sin fuerzas.



El gran hecho en que el pobre pecador sin fuerzas debe fijar su mente y retener

firmemente como único fundamento de esperanza, es la afirmación Divina que «a su tiempo murió por los impíos.» Cree en esto y toda incapacidad desaparecerá. Como dice la fábula del

Rey Midas, quien todo transformaba en oro por su tacto, así se puede afirmar de verdad respecto

a la fe que todo lo que toca vuelve bueno. Nuestras mismas faltas y flaquezas se vuelven

bendiciones, cuando la fe entra en contacto con ellas.



Fijémonos en ciertas formas de esta falta de fuerza. Ahora, dirá alguien: «Me parece que

no tengo fuerza para concentrar mis pensamientos en los asuntos solemnes en orden a mi

salvación; casi no puedo hacer una breve oración. Acaso esto es así, en parte debido a mi

flaqueza física, en parte por haberme dañado por algún vicio, en parte también por mis

aflicciones de esta vida, de modo que me he incapacitado para los pensamientos elevados que se

requieren para la salvación del alma.»



Tal es una forma de debilidad pecaminosa muy común. ¡Atención ahora! En este punto te

hallas equivocado; y hay muchos como tu. Muchos que serían del todo incapaces de una serie de

pensamientos consecutivos, por mucho que se esforzaran. Muchas personas pobres de ambos

sexos carecen de educación, hallando un trabajo muy difícil y de presunción tener pensamientos

profundos. Otras personas son por naturaleza tan superficiales que un argumento de raciocinio

largo, les sería tan difícil como querer volar como un ave. No llegarían al conocimiento de

ningún misterio profundo, aun cuando gastaran toda su vida en tal empresa. Por tanto, tú, no

necesitas desesperarte, lo que se requiere para la salvación no es un proceso de pensamiento

continuo, sino una sencilla confianza en Jesús. Únete a este hecho «Cristo, a su tiempo murió

por los impíos»
Esta verdad no requiere de tu parte examen profundo, raciocinio lógico, ni

argumento convincente. Allí está, «Cristo, a su tiempo murió por los impíos.» Fija tu mente en

ello y permanece allí.



Mira que este gran hecho glorioso de gracia permanezca en tu espíritu hasta que perfume

todos tus pensamientos y te regocije el corazón, aunque te halles sin fuerzas, teniendo al mismo

tiempo presente que el Señor Jesús ha venido a ser tu fortaleza y canción, sí, ha venido ha ser tu

salvación. Según las Escrituras es un hecho divinamente revelado que a tiempo debido Cristo

murió por los impíos siendo ellos aún débiles, sin fuerzas. Tal vez hayas oído estas palabras

centenares de veces, pero sin haber comprendido nunca su significado. Son de sabor agradable

¿verdad? Jesús no murió por nuestra justicia sino por nuestros pecados. No vino a salvarnos

porque merecíamos ser salvos, sino porque éramos enteramente indignos, arruinados, inútiles.



No vino al mundo por alguna buena razón que hubiera en nosotros, sino exclusivamente por las

razones que hallaba en las profundidades de su amor divino. A su tiempo murió por los que él

mismo afirma no eran piadosos sino impíos. Aun cuando tengas tan solo poca mentalidad, fíjalo

en esta verdad tan apropiada a la menor capacidad mental, y que, no obstante, puede alegrar el

corazón más apesadumbrado. Debe este texto ocupar tu mente cual grato recuerdo hasta encantar

tu corazón y dar colorido a todos tus pensamientos, y entonces nada importara que estos estén

tan diseminados como las hojas dispersas por el viento de otoño. Personas que nunca brillaron en

las ciencias, ni dieron prueba alguna de originalidad mental, han sido muy capaces de aceptar la

doctrina de la cruz y han sido salvas por ella. ¿Por qué no tú?



Oigo a otro lamentarse «Mi falta de fuerza consiste principalmente en no poderme

arrepentir bastante.»
¡Singular idea que algunos tienen de lo que es el arrepentimiento! Muchos

imaginan que se debe derramar tanta lágrima, exhalarse tanto suspiro, sufrir tanto desespero. ¿De donde nos viene idea tan errónea. La incredulidad y la desesperación son pecados, y por tanto no

veo como pueden constituir parte de un arrepentimiento que pide Dios. Sin embargo, hay

personas que les consideran parte de la verdadera experiencia cristiana. Pero en esto se

equivocan grandemente. No obstante, comprendo lo que quieren decir, porque en los días en que

estaba en tinieblas, yo sentía lo mismo. Deseaba arrepentirme pensando que no podía hacerlo, y

lo cierto es que todo ese tiempo estaba arrepentido. Extraño como suena. me dolía que no podía

sentir. Solí meterme en algún rincón y llorar, porque no podía llorar, y sufría amargamente

porque no podía sufrir a causa de mis pecados. ¡Cuánta confusión!, cuando en nuestro estado de

incredulidad empezamos a jugar con nuestra condición espiritual! Nos parecemos al ciego

mirando a sus propios ojos. Se me derretía el corazón de temor, porque creía que mi corazón era

duro como una piedra. Mi corazón estaba quebrantado al pensar que no se quebrantaba. Ahora

comprendo que entonces estaba yo dando muestras de poseer precisamente las cosas que me

creía no poseer; más no sabía donde me hallaba.



¡Ojalá que pudiera ayudar a otros a encontrar la luz que hoy disfruto! ¡Cuánto quisiera

decir una palabra que abreviara el tiempo de trastorno en que te hallas! Desearía decir unas

palabras sencillas, pidiendo al Consolador las aplicara a tu corazón.



Acuérdate de que el hombre verdaderamente arrepentido nunca queda satisfecho de su

arrepentimiento. Tan poco como podemos vivir perfectamente, podemos arrepentirnos

perfectamente. Por puras que sean nuestras lágrimas, siempre queda en ellas alguna suciedad;

queda algo de que arrepentirnos de nuestro arrepentimiento mejor. Pero escucha. El arrepentirse

significa cambiar de mente acerca del pecado, acerca de Cristo y acerca de todas las grandes

cosas de Dios. En esto está incluido el dolor, pero el punto principal es volverse el corazón, del

pecado a Cristo. Si existe en ti esta vuelta, posees la esencia del arrepentimiento, aun cuando el

desespero y sobresalto no echan sombra alguna sobre tu mente.



Si no puedes arrepentirte como quisieras, hallarás auxilio en el caso, si crees firmemente

que «a su tiempo murió por los impíos.» Piensa repetidas veces en esto. ¿Cómo podrás continuar

con el corazón endurecido teniendo presente que el Cristo de amor supremo, murió por el impío?

Permíteme convencerte a que pienses de ti como «Impío como soy, aunque mi corazón de piedra

no se ablande y en vano me pegue en el pecho, no obstante él murió por los que son como yo, ya

que murió por los impíos. Quiera Dios que crea en esto y sienta yo su poder en mi corazón

endurecido.»



Borra todo otro pensamiento de tu mente y siéntate horas enteras meditando en esta sola

manifestación excelsa de amor sin par, inmerecida e inesperada: «Cristo murió por los impíos.»



Lee cuidadosamente la narración de la muerte del Señor, como consta en los cuatro evangelios.

Si hay algo capaz de ablandar tu duro corazón, será la contemplación de los sufrimientos de

Jesús, considerando que todo lo padeció para bien de sus enemigos.



Crucificado en un madero,



Ciertamente la cruz, es decir lo que simboliza, es el poder milagroso que hace brotar agua

de la piedra. Si entiendes bien el significado del sacrificio divino de Jesús, te arrepentirás

forzosamente de haberte opuesto alguna vez a un Salvador tan lleno de amor. Escrito está:



«Mirarán a mi, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por

él como quien se aflige por el primogénito» (Zec_12:10). El arrepentimiento no te hará ver a

Cristo, Pero el mirar a Cristo hará que te arrepientas. No debes hacerte un Cristo producto de tu

arrepentimiento, pero debes mirar a Cristo para que de ello te resulte el arrepentimiento. El

Espíritu Santo, volviéndose de cara a Cristo, nos hace volver la espalda al pecado. Por tanto,

vuélvete del efecto a la causa, a saber de tu propio arrepentimiento al Señor Jesús quien fue

«ensalzado para dar arrepentimiento.»



He oído a otro decir. «Me atormentan pensamientos terribles. Donde quiera que me vaya,

me asaltan blasfemias. Me acosan tentaciones malignas en medio del trabajo y aun sobre el lecho

me despiertan inspiraciones del maligno. No me puedo librar de esta tentación espantosa.»



Amigo, comprendo lo que quieres decir, porque el mismo lobo me ha perseguido a mi. Más fácil

sería vencer a un ejército de moscas con un sable que dominar los pensamientos capitaneados

por el demonio. El alma tentada, valerosa por las sugestiones satánicas, se parece al viajero, cuya

cabeza, orejas y cuerpo entero fue atacado por un enjambre de abejas. No les pudo alejar de si, ni

pudo huir de ellas. Le picaron por todas partes, amenazando dejarle muerto. No me maravillo de

oír que te hallas sin fuerzas para poner fin a esos pensamientos horribles y abominables, con los

cuales el diablo inunda tu alma. No obstante quisiera recordarte del texto a la vista: «Cristo,

cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos» (Rom_5:6).



Jesús sabía en que estado nos hallábamos y en que estado debíamos estar; veía que no

podíamos vencer al príncipe del poder del aire; sabía que nos molería terriblemente, pero

precisamente entonces, viéndonos en esa condición, murió por los impíos. Echa el ancla de tu fe

sobre este hecho. El mismo demonio no podrá decirte que tu no eres impío; cree, pues, que

Cristo murió por ti. Acuérdate de como Martín Lutero, aplastó la cabeza de la serpiente con su

propia espada. ¡Ah! Le dijo Satanás, «tú eres pecador.» «Cierto,» respondió Lutero, «Cristo

murió para salvar a los pecadores.» Así le venció con su propia espada. Escóndete en este refugio

y quédate en él; «Cristo, a su tiempo, murió por los impíos.» Si te refugias en esta verdad, los

pensamientos blasfemos que tu no puedes ahuyentar a causa de tu flaqueza, se apartarán de ti por

si mismos; porque Satanás verá que no logra la suya atormentándote con ellas.



Si tu odias tales pensamientos, no son tuyos sino inspiraciones del diablo por los cuales él

es responsable y no tu. Si tu luchas contra ellos, son tan poco tuyos como las blasfemias y

mentiras de los alborotadores en la calle. Por medio de esos pensamientos el demonio intenta

llevarte a la desesperación, o cuando menos quiere impedir que confíes en Jesús. La pobre mujer

enferma no pudo acercarse a Jesús por causa de la multitud, y tú estas en condición semejante a

causa de la multitud de malos pensamientos que te oprimen. Sin embargo, ella extendió el dedo y

tocó el vestido del Señor, y quedó sana. Haz tú lo mismo.



Jesús murió por los culpables «de toda clase de pecado y blasfemia;» y por lo mismo

estoy seguro de que no rechazará a los que sin quererlo son acusados por los malos

pensamientos. Arrójate confiado sobre él, pensamientos y todo, y verás como es poderoso para

salvarte. Él pondrá fin a esas inspiraciones del maligno y te hará verlas en su verdadera luz, para

que no te atormenten más. Te quiere y puede salvar a su manera, de modo que por fin disfrutes

de perfecta paz. Solamente confía en él tanto respecto a esto como en orden a todo lo demás.



Desconcierto doloroso es la forma de incapacidad que consiste en la supuesta falta de

poder para creer. No nos es extraña la queja que dice:



Con tal que creer pudiera, Muy grato mi todo sería: No puedo, si bien quisiera; Es tal la

miseria mía.



Muchos quedan a oscuras por años y por falta, como dicen, de poder hacer lo que en

realidad no es hacer, sino el abandono de todo poder para entregarse al poder de otro, al Señor

Jesús mismo. Es verdad que todo este asunto de creer es cosa muy singular, porque las personas

que se esfuerzan en sentido de procurar creer, no hallan auxilio en la empresa. La fe no viene por

tratar o procurar creer. Si alguien me relatara algo que ocurrió esta mañana, no le diría yo que

procuraría creerlo. Si no le creyera persona confiable, no creería naturalmente; pero ningún caso

habría lugar para tal cosa como procurar creer. Ahora bien, declarando Dios mismo que en Cristo

Jesús hay salvación, forzosamente debo creerlo en seguida, o tratarle de mentiroso. Por cierto

que no dudarás respecto a lo que sea el recto proceder en este caso. El testimonio de Dios debe

ser verdadero, y siendo así nos hallamos bajo la obligación de creer sin demora.



Pero tal vez has procurado creer demasiado. No aspires a cosas exorbitantes. Conténtate

con una fe que abarca esta sola verdad «Cristo, cuando aun éramos débiles, a su tiempo murió

por los impíos.»
El dio su vida por los hombres cuando aún no creían en él, ni eran capaces de

creer en él. Murió por los hombres no como creyentes sino como pecadores. El vino para hacer a

estos pecadores creyentes y santos; pero al morir por ellos les miraba como del todo sin fuerzas.



Si te afirmas en la verdad de que Cristo murió por los impíos y lo crees, tú fe te salvará y podrás

ir en paz. Si quieres confiar tu alma al Señor Jesús que murió por los impíos, eres salvo, aun

cuando todavía no puedas creer en todas las cosas, ni mover las montañas, ni hacer otras cosas

maravillosas. No es la gran fe que salva sino la verdadera fe; y la salvación no está en la fe, sino

en el Cristo, en quien la fe confía. Una fe tan pequeña como un grano de mostaza basta para

traernos la salvación. No es la medida de fe la que se toma en cuanta, sino la sinceridad de la fe.



Ciertamente el hombre puede creer lo que sabe que es la verdad; y como sabes que Jesús es

verdadero, tú amigo, puedes creer en él.



La cruz que es el objeto de la fe es también, por el poder del Espíritu Santo, la fuente de

la misma. Siéntate y contempla en espíritu al Salvador moribundo hasta que brote la fe

espontáneamente del corazón. No hay lugar mejor que el Calvario para producir la confianza.

Quienes ponen su mirada en el significado de ese monte, les ha proporcionado vigor a su fe.

Muchos que allí han contemplado al redentor, han dicho:



Mirándote herido, moribundo. En vil madero como delincuente, La fe en ti, Señor, en lo

profundo Del corazón nacer se siente.



«¡Ay de mí!» dice otro. «Mi falta de fuerza consiste en que no puedo abandonar el

pecado y se bien que no puedo ir al cielo cargado de pecado.» Me alegro de que sabes esto,

porque es la pura verdad. Es preciso divorciarse del pecado para casarse con Cristo. Recuerda la

pregunta que penetró en la mente de Juan Bunyan ocupado en sus juegos en el día domingo:



¿Quieres guardar tus pecados e ir al infierno o abandonar tus pecados e ir al cielo? Esto le dejó confundido. Esta es una pregunta que todo hombre tendrá que contestar, porque continuar en el

pecado e ir al cielo es imposible. Te es preciso abandonar el pecado o abandonar la esperanza.



Si contestas: «Si, la voluntad no me falta. Tengo el querer, más hacer lo que deseo, no lo

alcanzo. El pecado me domina y no tengo fuerzas,» Ven, pues, si no tienes fuerzas, aún hay

remedio en este texto. «Cristo, cuando aún éramos débiles, murió por los impíos.» ¿Puedes creer

esto todavía? Por mucho que otras cosas, al parecer, lo contradigan, ¿quieres creerlo? Dios lo ha

dicho; es un hecho, y por tanto, acógete al mismo por amor de tu alma, porque allí está tu única

esperanza. Creélo y confía en Jesús, y pronto hallarás poder para aniquilar tu pecado; pero aparte

de Cristo, el «hombre fuerte armado» te tratará para siempre como esclavo.» Personalmente

nunca podría haber vencido sobre mi naturaleza pecaminosa. Procuraba, pero fracasé. Mis malas

inclinaciones me eran demasiado numerosas, hasta que, creyendo que Cristo murió por mi,

abandone mi alma culpable en sus brazos, y entonces recibí poder para vencer a mi propio yo

pecaminoso. La doctrina de la cruz puede ser usada para combatir al pecado como los guerreros

antiguos usaban las espadas formidables de dos mangos, diezmando al enemigo a cada golpe.



Nada hay como la fe en el amigo de los pecadores, esta vence todo mal. Si Cristo ha muerto por

mi, impío como soy, sin fuerza como me encuentro, subsecuentemente no puedo vivir más en el

pecado, sino que debo crecer en amor y servicio del que me ha redimido. No puedo jugar con el

mal que ha matado a mi mejor Amigo. Debo ser santo por amor a él mismo. ¿Cómo puedo yo

vivir en el pecado siendo así que él ha muerto para salvarme del pecado?



Mira cuán glorioso remedio esto es para ti que carece de fuerzas, el saber y creer que a su

tiempo Cristo murió por los impíos como tú. ¿Lo has comprendido ahora? Es tan difícil para

muchas mentes oscurecidas, pervertidas e incrédulas ver la esencia del evangelio. A veces he

pensado al acabar la predicación que tan claramente he declarado el evangelio que los más torpes

lo debieran haber comprendido; sin embargo,, he notado que aún los oyentes no han

comprendido lo que es: «Mirad a mí y sed salvos» (Isa_45:22). Los convertidos dicen

generalmente que hasta tal o cual día no han comprendido el evangelio. Y esto a pesar de haberlo

oído, no por falta de explicación, sino por falta de revelación personal. El Espíritu Santo está

dispuesto a concederla a los que se lo pidan. Pero, aún después de concedida, la suma total de lo

revelado está contenida en las palabras: «Cristo murió por los impíos.»



Oigo a otro quejarse como sigue: «¡Ay, ay! Mi flaqueza consiste en no poder permanecer

firme.
El domingo oigo la palabra y me impresiona; pero durante la semana doy con un mal

compañero y desaparecen mis buenas intenciones. Mis compañeros de trabajo no creen en nada y

dicen tantas barbaridades. Yo no se como contestarles, y así quedo derrotado. Te comprendo;

pero al mismo tiempo, si eres sincero, te diré que hay remedio para tu flaqueza en la gracia

Divina. El Espíritu Santo, tiene poder para echar fuera al espíritu de temor. Él puede hacer

valiente al cobarde.



Acuérdate, amigo, que no debes quedar en ese estado. No conviene de ningún modo que

seas falso para contigo mismo. Aquí no se trata simplemente de un asunto espiritual, sino de

resolución común. Muchas cosas haría para agradar a mis amigos, pero ir al infierno para darles

gusto, eso si que no lo haría. Bueno es hacer algunas cosas para guardar la amistad, pero muy

mal se paga mantener la amistad con el mundo, a costa de la amistad con Dios. «Eso lo se,»

dices, pero a pesar de saberlo me falta ánimo. Desplegar la bandera, a eso no me atrevo. Me falta fuerza para vivir firme. Ahora bien, te traigo el mismo texto: «Cristo, aún cuando éramos

débiles, a su tiempo murió por los impíos.»



Si el apóstol Pedro estuviera aquí, nos diría, «El Señor Jesús murió por mí, aún cuando

era yo tan débil que por las palabras de una criada empiece a mentir y jurar que no conocía al

Señor.» Sí; Jesús murió por aquellos débiles que le abandonaron huyendo. Afírmate en esta

verdad, «Cristo, cuando aún éramos débiles, murió por los impíos.» Graba esto bien en tu alma

«Cristo murió por mí,» y pronto tú estarás listo a morir por Él. Creé que el sufrió en tu lugar,

ofreciendo por ti un sacrificio expiatorio, pleno, verdadero y satisfactorio. Si crees este hecho,

tendrás forzosamente que sentir. No me puedo avergonzar del que murió por mí, La convicción

plena de esta verdad, te infundirá valor irresistible.



Acuérdate de los santos de la época de los mártires. En los tiempos primitivos del

cristianismo, cuando este pensamiento del gran amor de Cristo, brillaba con fulgor infinito en la

iglesia, no solo estaban listos a morir los cristianos, sino deseaban sufrir presentándose

espontáneamente a centenares ante los tribunales de los gobernantes perseguidores confesando a

Cristo. No digo que sea prudencia invitar así la muerte cruel, pero el caso prueba que un

sentimiento del amor de Cristo eleva al hombre sobre todo temor del daño que el hombre sea

capaz de hacer al creyente. ¿Por qué no hará tal sentimiento lo mismo en ti? ¡Ojalá que te inspire

ahora la determinación valiente de colocarte al lado del Señor y ser su fiel seguidor hasta el fin!



¡Que el Espíritu Santo nos ayude a llegar a este punto por la fe en el Señor Jesús, y todo

será para bien nuestro y para su gloria!