Después de haber aceptado la doctrina de la reconciliación y comprendido la gran verdad
de la salvación mediante la fe en el Señor Jesús, el corazón atribulado se inquieta muy a menudo
por un sentimiento de incapacidad respecto a la práctica del bien. Muchos suspiran, diciendo:
¡Hay de mi; nada puedo hacer! Y no lo dicen en sentido de excusa, sino lo sienten como carga
pesada diariamente. Harían el bien si pudieran. Cada uno de estos podría decir francamente:
«Porque el querer el bien está en mi, pero no el hacerlo» (Rom_7:18).
Esta experiencia parece hacer todo el evangelio nulo y sin efecto; pues ¿para qué sirve el
alimento, si está fuera del alcance del hambriento? ¿Para qué sirve el río de agua viva, si el
sediento no puede beber? Nos acordamos aquí de la anécdota del médico y del hijo de la madre
pobre. El médico le dijo a la madre que su hijito pronto mejoraría bajo un tratamiento propio del
caso, siendo absolutamente necesario que con toda regla tomara del mejor vino de Oporto y que
pasara una temporada en los baños termales de Alemania. ¡Receta para el hijo de una madre
pobre que apenas tenía pan para llevar a la boca! Así el evangelio no parece al alma ansiosa cosa
tan sencilla al decir. «Cree, y vivirás,» porque pide al pobre pecador que haga lo que no puede
hacer. Para el verdaderamente despierto, pero poco instruido, parece faltar un eslabón a la
cadena. A lo lejos está el remedio, pero ¿cómo obtenerlo? El alma se siente sin fuerzas y no sabe
que hacer. Está cerca, a la vista de la ciudad de refugio, pero no puede entrar por la puerta.
¿No se ha tenido en cuenta esta falta de fuerza en el plan de la salvación? ¡Claro que sí!
La obra del Señor es perfecta. Esta empieza por donde nos hallamos, y nada nos pide para
perfeccionarla. Cuando el buen samaritano vio al viajero herido tendido en el camino medio
muerto, no le pidió que se levantara, viniera, montara su asno y se dirigiera a la posada. No, no.
Se le acercó, vendó sus heridas y le puso sobre su cabalgadura y le condujo al mesón. Así nos
trata Jesús en nuestro estado lamentable.
Hemos visto que es Dios el que justifica, que justifica a los impíos y que los justifica
mediante la fe en la preciosa sangre de Jesús. Ahora vamos a ver la condición en la cual se hallan
estos impíos al empezar Jesús a salvarles. Muchas personas listas por ver su condición, no
solamente se hallan atribuladas con motivo de sus pecados sino con motivo de su flaqueza moral.
Carecen de fuerzas para escapar del lodo en que han caído y de cuidarse del mismo en el
porvenir. No solo se lamentan por lo que han hecho, sino por lo que no pueden hacer. Se sienten
sin fuerzas, sin recursos, sin vida espiritual. Parece extraño decir que se sienten muertos, y no
obstante así. En su propia estimación son incapaces de todo bien. No pueden andar por el camino
del cielo por tener las piernas rotas. Tanto se sienten sin fuerzas. Felizmente está escrito como
recomendación del amor de Dios para con nosotros: «Cristo, cuanto aún éramos débiles, a su
tiempo murió por los impíos» (Rom_5:6).
Aquí vemos la incapacidad consciente socorrida: socorrida por la intervención del Señor
Jesús. Nuestra nulidad es completa. No está escrito: «Cuando aún éramos comparativamente
débiles, Cristo murió por nosotros,» o «cuando solo teníamos un poco de fuerza,» sino la
afirmación es absoluta, sin limitación, «Cuando aún éramos débiles.» Nos faltaba toda fuerza
para ayudarnos en la obra de la salvación. Las palabras de nuestro Señor eran verdaderas, «Sin
mí nada podéis hacer» (Joh_15:5). Podría ir más allá del texto y recordarte del gran amor con
que el Señor nos amó, «aun estando nosotros muertos en pecados.» El hallarse muerto es aun
peor que hallarse sin fuerzas.
El gran hecho en que el pobre pecador sin fuerzas debe fijar su mente y retener
firmemente como único fundamento de esperanza, es la afirmación Divina que «a su tiempo murió por los impíos.» Cree en esto y toda incapacidad desaparecerá. Como dice la fábula del
Rey Midas, quien todo transformaba en oro por su tacto, así se puede afirmar de verdad respecto
a la fe que todo lo que toca vuelve bueno. Nuestras mismas faltas y flaquezas se vuelven
bendiciones, cuando la fe entra en contacto con ellas.
Fijémonos en ciertas formas de esta falta de fuerza. Ahora, dirá alguien: «Me parece que
no tengo fuerza para concentrar mis pensamientos en los asuntos solemnes en orden a mi
salvación; casi no puedo hacer una breve oración. Acaso esto es así, en parte debido a mi
flaqueza física, en parte por haberme dañado por algún vicio, en parte también por mis
aflicciones de esta vida, de modo que me he incapacitado para los pensamientos elevados que se
requieren para la salvación del alma.»
Tal es una forma de debilidad pecaminosa muy común. ¡Atención ahora! En este punto te
hallas equivocado; y hay muchos como tu. Muchos que serían del todo incapaces de una serie de
pensamientos consecutivos, por mucho que se esforzaran. Muchas personas pobres de ambos
sexos carecen de educación, hallando un trabajo muy difícil y de presunción tener pensamientos
profundos. Otras personas son por naturaleza tan superficiales que un argumento de raciocinio
largo, les sería tan difícil como querer volar como un ave. No llegarían al conocimiento de
ningún misterio profundo, aun cuando gastaran toda su vida en tal empresa. Por tanto, tú, no
necesitas desesperarte, lo que se requiere para la salvación no es un proceso de pensamiento
continuo, sino una sencilla confianza en Jesús. Únete a este hecho «Cristo, a su tiempo murió
por los impíos» Esta verdad no requiere de tu parte examen profundo, raciocinio lógico, ni
argumento convincente. Allí está, «Cristo, a su tiempo murió por los impíos.» Fija tu mente en
ello y permanece allí.
Mira que este gran hecho glorioso de gracia permanezca en tu espíritu hasta que perfume
todos tus pensamientos y te regocije el corazón, aunque te halles sin fuerzas, teniendo al mismo
tiempo presente que el Señor Jesús ha venido a ser tu fortaleza y canción, sí, ha venido ha ser tu
salvación. Según las Escrituras es un hecho divinamente revelado que a tiempo debido Cristo
murió por los impíos siendo ellos aún débiles, sin fuerzas. Tal vez hayas oído estas palabras
centenares de veces, pero sin haber comprendido nunca su significado. Son de sabor agradable
¿verdad? Jesús no murió por nuestra justicia sino por nuestros pecados. No vino a salvarnos
porque merecíamos ser salvos, sino porque éramos enteramente indignos, arruinados, inútiles.
No vino al mundo por alguna buena razón que hubiera en nosotros, sino exclusivamente por las
razones que hallaba en las profundidades de su amor divino. A su tiempo murió por los que él
mismo afirma no eran piadosos sino impíos. Aun cuando tengas tan solo poca mentalidad, fíjalo
en esta verdad tan apropiada a la menor capacidad mental, y que, no obstante, puede alegrar el
corazón más apesadumbrado. Debe este texto ocupar tu mente cual grato recuerdo hasta encantar
tu corazón y dar colorido a todos tus pensamientos, y entonces nada importara que estos estén
tan diseminados como las hojas dispersas por el viento de otoño. Personas que nunca brillaron en
las ciencias, ni dieron prueba alguna de originalidad mental, han sido muy capaces de aceptar la
doctrina de la cruz y han sido salvas por ella. ¿Por qué no tú?
Oigo a otro lamentarse «Mi falta de fuerza consiste principalmente en no poderme
arrepentir bastante.» ¡Singular idea que algunos tienen de lo que es el arrepentimiento! Muchos
imaginan que se debe derramar tanta lágrima, exhalarse tanto suspiro, sufrir tanto desespero. ¿De donde nos viene idea tan errónea. La incredulidad y la desesperación son pecados, y por tanto no
veo como pueden constituir parte de un arrepentimiento que pide Dios. Sin embargo, hay
personas que les consideran parte de la verdadera experiencia cristiana. Pero en esto se
equivocan grandemente. No obstante, comprendo lo que quieren decir, porque en los días en que
estaba en tinieblas, yo sentía lo mismo. Deseaba arrepentirme pensando que no podía hacerlo, y
lo cierto es que todo ese tiempo estaba arrepentido. Extraño como suena. me dolía que no podía
sentir. Solí meterme en algún rincón y llorar, porque no podía llorar, y sufría amargamente
porque no podía sufrir a causa de mis pecados. ¡Cuánta confusión!, cuando en nuestro estado de
incredulidad empezamos a jugar con nuestra condición espiritual! Nos parecemos al ciego
mirando a sus propios ojos. Se me derretía el corazón de temor, porque creía que mi corazón era
duro como una piedra. Mi corazón estaba quebrantado al pensar que no se quebrantaba. Ahora
comprendo que entonces estaba yo dando muestras de poseer precisamente las cosas que me
creía no poseer; más no sabía donde me hallaba.
¡Ojalá que pudiera ayudar a otros a encontrar la luz que hoy disfruto! ¡Cuánto quisiera
decir una palabra que abreviara el tiempo de trastorno en que te hallas! Desearía decir unas
palabras sencillas, pidiendo al Consolador las aplicara a tu corazón.
Acuérdate de que el hombre verdaderamente arrepentido nunca queda satisfecho de su
arrepentimiento. Tan poco como podemos vivir perfectamente, podemos arrepentirnos
perfectamente. Por puras que sean nuestras lágrimas, siempre queda en ellas alguna suciedad;
queda algo de que arrepentirnos de nuestro arrepentimiento mejor. Pero escucha. El arrepentirse
significa cambiar de mente acerca del pecado, acerca de Cristo y acerca de todas las grandes
cosas de Dios. En esto está incluido el dolor, pero el punto principal es volverse el corazón, del
pecado a Cristo. Si existe en ti esta vuelta, posees la esencia del arrepentimiento, aun cuando el
desespero y sobresalto no echan sombra alguna sobre tu mente.
Si no puedes arrepentirte como quisieras, hallarás auxilio en el caso, si crees firmemente
que «a su tiempo murió por los impíos.» Piensa repetidas veces en esto. ¿Cómo podrás continuar
con el corazón endurecido teniendo presente que el Cristo de amor supremo, murió por el impío?
Permíteme convencerte a que pienses de ti como «Impío como soy, aunque mi corazón de piedra
no se ablande y en vano me pegue en el pecho, no obstante él murió por los que son como yo, ya
que murió por los impíos. Quiera Dios que crea en esto y sienta yo su poder en mi corazón
endurecido.»
Borra todo otro pensamiento de tu mente y siéntate horas enteras meditando en esta sola
manifestación excelsa de amor sin par, inmerecida e inesperada: «Cristo murió por los impíos.»
Lee cuidadosamente la narración de la muerte del Señor, como consta en los cuatro evangelios.
Si hay algo capaz de ablandar tu duro corazón, será la contemplación de los sufrimientos de
Jesús, considerando que todo lo padeció para bien de sus enemigos.
Crucificado en un madero,
Ciertamente la cruz, es decir lo que simboliza, es el poder milagroso que hace brotar agua
de la piedra. Si entiendes bien el significado del sacrificio divino de Jesús, te arrepentirás
forzosamente de haberte opuesto alguna vez a un Salvador tan lleno de amor. Escrito está:
«Mirarán a mi, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por
él como quien se aflige por el primogénito» (Zec_12:10). El arrepentimiento no te hará ver a
Cristo, Pero el mirar a Cristo hará que te arrepientas. No debes hacerte un Cristo producto de tu
arrepentimiento, pero debes mirar a Cristo para que de ello te resulte el arrepentimiento. El
Espíritu Santo, volviéndose de cara a Cristo, nos hace volver la espalda al pecado. Por tanto,
vuélvete del efecto a la causa, a saber de tu propio arrepentimiento al Señor Jesús quien fue
«ensalzado para dar arrepentimiento.»
He oído a otro decir. «Me atormentan pensamientos terribles. Donde quiera que me vaya,
me asaltan blasfemias. Me acosan tentaciones malignas en medio del trabajo y aun sobre el lecho
me despiertan inspiraciones del maligno. No me puedo librar de esta tentación espantosa.»
Amigo, comprendo lo que quieres decir, porque el mismo lobo me ha perseguido a mi. Más fácil
sería vencer a un ejército de moscas con un sable que dominar los pensamientos capitaneados
por el demonio. El alma tentada, valerosa por las sugestiones satánicas, se parece al viajero, cuya
cabeza, orejas y cuerpo entero fue atacado por un enjambre de abejas. No les pudo alejar de si, ni
pudo huir de ellas. Le picaron por todas partes, amenazando dejarle muerto. No me maravillo de
oír que te hallas sin fuerzas para poner fin a esos pensamientos horribles y abominables, con los
cuales el diablo inunda tu alma. No obstante quisiera recordarte del texto a la vista: «Cristo,
cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos» (Rom_5:6).
Jesús sabía en que estado nos hallábamos y en que estado debíamos estar; veía que no
podíamos vencer al príncipe del poder del aire; sabía que nos molería terriblemente, pero
precisamente entonces, viéndonos en esa condición, murió por los impíos. Echa el ancla de tu fe
sobre este hecho. El mismo demonio no podrá decirte que tu no eres impío; cree, pues, que
Cristo murió por ti. Acuérdate de como Martín Lutero, aplastó la cabeza de la serpiente con su
propia espada. ¡Ah! Le dijo Satanás, «tú eres pecador.» «Cierto,» respondió Lutero, «Cristo
murió para salvar a los pecadores.» Así le venció con su propia espada. Escóndete en este refugio
y quédate en él; «Cristo, a su tiempo, murió por los impíos.» Si te refugias en esta verdad, los
pensamientos blasfemos que tu no puedes ahuyentar a causa de tu flaqueza, se apartarán de ti por
si mismos; porque Satanás verá que no logra la suya atormentándote con ellas.
Si tu odias tales pensamientos, no son tuyos sino inspiraciones del diablo por los cuales él
es responsable y no tu. Si tu luchas contra ellos, son tan poco tuyos como las blasfemias y
mentiras de los alborotadores en la calle. Por medio de esos pensamientos el demonio intenta
llevarte a la desesperación, o cuando menos quiere impedir que confíes en Jesús. La pobre mujer
enferma no pudo acercarse a Jesús por causa de la multitud, y tú estas en condición semejante a
causa de la multitud de malos pensamientos que te oprimen. Sin embargo, ella extendió el dedo y
tocó el vestido del Señor, y quedó sana. Haz tú lo mismo.
Jesús murió por los culpables «de toda clase de pecado y blasfemia;» y por lo mismo
estoy seguro de que no rechazará a los que sin quererlo son acusados por los malos
pensamientos. Arrójate confiado sobre él, pensamientos y todo, y verás como es poderoso para
salvarte. Él pondrá fin a esas inspiraciones del maligno y te hará verlas en su verdadera luz, para
que no te atormenten más. Te quiere y puede salvar a su manera, de modo que por fin disfrutes
de perfecta paz. Solamente confía en él tanto respecto a esto como en orden a todo lo demás.
Desconcierto doloroso es la forma de incapacidad que consiste en la supuesta falta de
poder para creer. No nos es extraña la queja que dice:
Con tal que creer pudiera, Muy grato mi todo sería: No puedo, si bien quisiera; Es tal la
miseria mía.
Muchos quedan a oscuras por años y por falta, como dicen, de poder hacer lo que en
realidad no es hacer, sino el abandono de todo poder para entregarse al poder de otro, al Señor
Jesús mismo. Es verdad que todo este asunto de creer es cosa muy singular, porque las personas
que se esfuerzan en sentido de procurar creer, no hallan auxilio en la empresa. La fe no viene por
tratar o procurar creer. Si alguien me relatara algo que ocurrió esta mañana, no le diría yo que
procuraría creerlo. Si no le creyera persona confiable, no creería naturalmente; pero ningún caso
habría lugar para tal cosa como procurar creer. Ahora bien, declarando Dios mismo que en Cristo
Jesús hay salvación, forzosamente debo creerlo en seguida, o tratarle de mentiroso. Por cierto
que no dudarás respecto a lo que sea el recto proceder en este caso. El testimonio de Dios debe
ser verdadero, y siendo así nos hallamos bajo la obligación de creer sin demora.
Pero tal vez has procurado creer demasiado. No aspires a cosas exorbitantes. Conténtate
con una fe que abarca esta sola verdad «Cristo, cuando aun éramos débiles, a su tiempo murió
por los impíos.» El dio su vida por los hombres cuando aún no creían en él, ni eran capaces de
creer en él. Murió por los hombres no como creyentes sino como pecadores. El vino para hacer a
estos pecadores creyentes y santos; pero al morir por ellos les miraba como del todo sin fuerzas.
Si te afirmas en la verdad de que Cristo murió por los impíos y lo crees, tú fe te salvará y podrás
ir en paz. Si quieres confiar tu alma al Señor Jesús que murió por los impíos, eres salvo, aun
cuando todavía no puedas creer en todas las cosas, ni mover las montañas, ni hacer otras cosas
maravillosas. No es la gran fe que salva sino la verdadera fe; y la salvación no está en la fe, sino
en el Cristo, en quien la fe confía. Una fe tan pequeña como un grano de mostaza basta para
traernos la salvación. No es la medida de fe la que se toma en cuanta, sino la sinceridad de la fe.
Ciertamente el hombre puede creer lo que sabe que es la verdad; y como sabes que Jesús es
verdadero, tú amigo, puedes creer en él.
La cruz que es el objeto de la fe es también, por el poder del Espíritu Santo, la fuente de
la misma. Siéntate y contempla en espíritu al Salvador moribundo hasta que brote la fe
espontáneamente del corazón. No hay lugar mejor que el Calvario para producir la confianza.
Quienes ponen su mirada en el significado de ese monte, les ha proporcionado vigor a su fe.
Muchos que allí han contemplado al redentor, han dicho:
Mirándote herido, moribundo. En vil madero como delincuente, La fe en ti, Señor, en lo
profundo Del corazón nacer se siente.
«¡Ay de mí!» dice otro. «Mi falta de fuerza consiste en que no puedo abandonar el
pecado y se bien que no puedo ir al cielo cargado de pecado.» Me alegro de que sabes esto,
porque es la pura verdad. Es preciso divorciarse del pecado para casarse con Cristo. Recuerda la
pregunta que penetró en la mente de Juan Bunyan ocupado en sus juegos en el día domingo:
¿Quieres guardar tus pecados e ir al infierno o abandonar tus pecados e ir al cielo? Esto le dejó confundido. Esta es una pregunta que todo hombre tendrá que contestar, porque continuar en el
pecado e ir al cielo es imposible. Te es preciso abandonar el pecado o abandonar la esperanza.
Si contestas: «Si, la voluntad no me falta. Tengo el querer, más hacer lo que deseo, no lo
alcanzo. El pecado me domina y no tengo fuerzas,» Ven, pues, si no tienes fuerzas, aún hay
remedio en este texto. «Cristo, cuando aún éramos débiles, murió por los impíos.» ¿Puedes creer
esto todavía? Por mucho que otras cosas, al parecer, lo contradigan, ¿quieres creerlo? Dios lo ha
dicho; es un hecho, y por tanto, acógete al mismo por amor de tu alma, porque allí está tu única
esperanza. Creélo y confía en Jesús, y pronto hallarás poder para aniquilar tu pecado; pero aparte
de Cristo, el «hombre fuerte armado» te tratará para siempre como esclavo.» Personalmente
nunca podría haber vencido sobre mi naturaleza pecaminosa. Procuraba, pero fracasé. Mis malas
inclinaciones me eran demasiado numerosas, hasta que, creyendo que Cristo murió por mi,
abandone mi alma culpable en sus brazos, y entonces recibí poder para vencer a mi propio yo
pecaminoso. La doctrina de la cruz puede ser usada para combatir al pecado como los guerreros
antiguos usaban las espadas formidables de dos mangos, diezmando al enemigo a cada golpe.
Nada hay como la fe en el amigo de los pecadores, esta vence todo mal. Si Cristo ha muerto por
mi, impío como soy, sin fuerza como me encuentro, subsecuentemente no puedo vivir más en el
pecado, sino que debo crecer en amor y servicio del que me ha redimido. No puedo jugar con el
mal que ha matado a mi mejor Amigo. Debo ser santo por amor a él mismo. ¿Cómo puedo yo
vivir en el pecado siendo así que él ha muerto para salvarme del pecado?
Mira cuán glorioso remedio esto es para ti que carece de fuerzas, el saber y creer que a su
tiempo Cristo murió por los impíos como tú. ¿Lo has comprendido ahora? Es tan difícil para
muchas mentes oscurecidas, pervertidas e incrédulas ver la esencia del evangelio. A veces he
pensado al acabar la predicación que tan claramente he declarado el evangelio que los más torpes
lo debieran haber comprendido; sin embargo,, he notado que aún los oyentes no han
comprendido lo que es: «Mirad a mí y sed salvos» (Isa_45:22). Los convertidos dicen
generalmente que hasta tal o cual día no han comprendido el evangelio. Y esto a pesar de haberlo
oído, no por falta de explicación, sino por falta de revelación personal. El Espíritu Santo está
dispuesto a concederla a los que se lo pidan. Pero, aún después de concedida, la suma total de lo
revelado está contenida en las palabras: «Cristo murió por los impíos.»
Oigo a otro quejarse como sigue: «¡Ay, ay! Mi flaqueza consiste en no poder permanecer
firme. El domingo oigo la palabra y me impresiona; pero durante la semana doy con un mal
compañero y desaparecen mis buenas intenciones. Mis compañeros de trabajo no creen en nada y
dicen tantas barbaridades. Yo no se como contestarles, y así quedo derrotado. Te comprendo;
pero al mismo tiempo, si eres sincero, te diré que hay remedio para tu flaqueza en la gracia
Divina. El Espíritu Santo, tiene poder para echar fuera al espíritu de temor. Él puede hacer
valiente al cobarde.
Acuérdate, amigo, que no debes quedar en ese estado. No conviene de ningún modo que
seas falso para contigo mismo. Aquí no se trata simplemente de un asunto espiritual, sino de
resolución común. Muchas cosas haría para agradar a mis amigos, pero ir al infierno para darles
gusto, eso si que no lo haría. Bueno es hacer algunas cosas para guardar la amistad, pero muy
mal se paga mantener la amistad con el mundo, a costa de la amistad con Dios. «Eso lo se,»
dices, pero a pesar de saberlo me falta ánimo. Desplegar la bandera, a eso no me atrevo. Me falta fuerza para vivir firme. Ahora bien, te traigo el mismo texto: «Cristo, aún cuando éramos
débiles, a su tiempo murió por los impíos.»
Si el apóstol Pedro estuviera aquí, nos diría, «El Señor Jesús murió por mí, aún cuando
era yo tan débil que por las palabras de una criada empiece a mentir y jurar que no conocía al
Señor.» Sí; Jesús murió por aquellos débiles que le abandonaron huyendo. Afírmate en esta
verdad, «Cristo, cuando aún éramos débiles, murió por los impíos.» Graba esto bien en tu alma
«Cristo murió por mí,» y pronto tú estarás listo a morir por Él. Creé que el sufrió en tu lugar,
ofreciendo por ti un sacrificio expiatorio, pleno, verdadero y satisfactorio. Si crees este hecho,
tendrás forzosamente que sentir. No me puedo avergonzar del que murió por mí, La convicción
plena de esta verdad, te infundirá valor irresistible.
Acuérdate de los santos de la época de los mártires. En los tiempos primitivos del
cristianismo, cuando este pensamiento del gran amor de Cristo, brillaba con fulgor infinito en la
iglesia, no solo estaban listos a morir los cristianos, sino deseaban sufrir presentándose
espontáneamente a centenares ante los tribunales de los gobernantes perseguidores confesando a
Cristo. No digo que sea prudencia invitar así la muerte cruel, pero el caso prueba que un
sentimiento del amor de Cristo eleva al hombre sobre todo temor del daño que el hombre sea
capaz de hacer al creyente. ¿Por qué no hará tal sentimiento lo mismo en ti? ¡Ojalá que te inspire
ahora la determinación valiente de colocarte al lado del Señor y ser su fiel seguidor hasta el fin!
¡Que el Espíritu Santo nos ayude a llegar a este punto por la fe en el Señor Jesús, y todo