¿Cómo conseguir que se nos aumente la fe? Esta es una pregunta seria para muchos.
Dicen que desean creer, pero que no pueden. Se proponen muchos absurdos en este asunto.
Seamos prácticos en el caso.
Se necesita tanto sentido común aquí’ como en otros asuntos de la vida. ¿Qué debo hacer
para creer?. Alguien preguntó a una persona cual era la mejor manera de hacer cierta cosa, y se le
contestó que la mejor manera de hacerla, era hacerla, sin demora. Discutir modos y métodos,
cuando se trata de un acto sencillo, es malgastar el tiempo. Tratándose de creer, el modo más
breve es creer en seguida.
Si el Espíritu Santo te ha hecho dócil y sincero, creerás tan pronto como la verdad se te
presente. Y la creerás, porque es la verdad. El mandamiento evangélico dice: «Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo» (Act_16:31) Es inútil evadirse de esto preguntando y reflexionando.
El mandato es claro, y debes obedecerlo.
Pero si en realidad te molesta alguna duda, llévala en oración a Dios. Di al gran Padre
Dios precisamente lo que te perturba y pídele que por el Espíritu Santo se te resuelva el
problema. Si no puedo creer las afirmaciones de un libro me es grato preguntar al autor como él
entiende lo dicho, y si es hombre digno de crédito, me dejará satisfecha su explicación divina de
los puntos difíciles de las Escrituras al corazón del verdadero buscador de la verdad. El Señor
desea hacerse conocer a los que le buscan. Acude a él para conocer la verdad. Acude sin demora
a la oración y ruega, «Oh Espíritu Santo, guíame a toda la verdad. Lo que no comprenda,
enséñamelo tú.»
Por otra parte, si la fe parece difícil, es fácil que Dios el Espíritu Santo te haga capaz de
creer, si oyes con mucha frecuencia lo que se te manda creer. Creemos muchas cosas, porque las
hemos oído tantas veces; ¿No has notado en la vida diaria que si oyes una cosa cincuenta veces
al día, por fin acabas de creerla? Por este proceso muchos han llegado a creer cosas fantásticas, y
por tanto no me extraño, si el buen Espíritu bendice este método de oír la verdad con frecuencia,
usándola para producir la fe respecto a lo que se debe creer. Esta escrito «La fe viene por el oír,»
por tanto oye con frecuencia. Si con sinceridad y atentamente continuo oyendo el evangelio, uno
de estos días me encontraré creyendo el evangelio, uno de estos días me hallaré creyendo lo que
oigo, mediante la bendita operación del Espíritu de Dios en mi mente. Solamente ten cuidado de
oír el evangelio y no lo que esté calculado a despertar dudas en tu mente, ya sea por discursos o
lecturas.
Pero si esto te parece un consejo pobre, añadirá a continuación; toma en cuenta el
testimonio de otros. Los samaritanos creyeron a causa del testimonio de lo que la mujer les había
dicho acerca de Jesús. Muchas de nuestras creencias nacen del testimonio de otros. Yo creo que
existe un país llamado Japón. Nunca lo he visto, y, sin embargo, creo que hay tal país, porque
otros lo han visto. Creo que moriré, nunca he muerto, pero machismos de mis conocidos han
muerto, y por lo tanto, estoy convencido de que yo moriré también. El testimonio de muchos me
ha convencido del hecho. Escucha, por tanto, a los que te comentan cómo fueron salvos, cómo
recibieron el perdón, cómo se transformó su carácter. Si prestas atención, notarás que alguien
precisamente como tú ha sido salvo. Si has sido ladrón, hallarás que otro ladrón lavó sus culpas
en la preciosa sangre de Cristo. Si por desgracia has sido desvergonzado, hallarás que personas
caídas como tú han sido levantadas, limpiadas y transformadas. Si te hallas en condición
desesperada y te mueves un poco en el círculo del pueblo de Dios, pronto descubrirás que
algunos de los santos, se han visto tan desesperados como tú, y hallaron verdadero placer en
contarte como el Señor les libró. Conforme vas escuchando uno tras otro de los que han puesto a
prueba la Palabra de Dios, hallándola verdadera, el Espíritu Divino te conducirá a la fe.
¿No has oído hablar del africano, al cual dijo el misionero que en su país el agua se volvía
a veces tan dura que el hombre podía andar encima de la misma? Muchas cosas podía creer el
africano pero esa, nunca. Cuando el negro vino una vez a Inglaterra, pudo ver un río helado, pero
no se atrevía a meter el pie en el hielo. Sabía que el río era profundo, y temía ahogarse, si
procuraba andar sobre el hielo. No se le pudo convencer que lo intentara, hasta que viera a su
amigo y a otros muchos atravesar el río andando sobre el hielo. Entonces quedó convencido y anduvo confiado, donde otros le habían adelantado. As’ puede ser que tú, viendo a otros creer en
el Cordero de Dios y notando como disfrutan de paz y gozo, seas conducido agradablemente a
creer. La experiencia de otros es el camino de Dios por donde nos conduce a la fe. Pero sea como
fuere, una de dos, has de creer en Cristo o morir; no hay esperanza fuera de Cristo.
Pero un plan mejor es este: Fíjate en la autoridad sobre la cual se te manda creer, y esto te
ayudará grandemente. La autoridad no es mía; esta bien la puedes rechazar. Ni es la de algún
dirigente espiritual, que bien podrías sospechar. Es sobre la autoridad de Dios mismo que te
manda creer. El mismo te manda creer en Jesucristo, y no debes ser desobediente a tu Creador.
El capataz de ciertas obras había oído el evangelio muchas veces, pero se inquietaba dudando
que acaso nunca acudirá a Cristo. Un día su buen patrón le envió una tarjeta diciendo: «Venga
usted a mi casa tan pronto termine hoy su trabajo.» Apareció el capataz a la puerta del patrón;
salió este y le dijo en tono brusco: «Qué quiere usted, Juan, porque me viene a molestar a estas
horas? El trabajo del día se ha terminado, ¿con qué derecho se presenta usted aquí? «Señor,»
contestó el capataz, recibió una tarjeta de usted diciéndome que terminando mi trabajo viniera
aquí.» ¿Quiere usted decir que por la sola razón de recibir una tarjeta mía invitándole a mi casa,
debía usted venir y hacerme salir después de terminadas las horas de trabajo del día? «Bien,
Señor,» respondió el capataz. No le comprendo, pero me parece que ya que usted, envió por mi,
tenía yo derecho de venir. Pues entre Juan, dijo el patrón, aquí tengo otro mensaje de invitación
para usted. Y sentándose le leyó estas palabras: «Venid a m’ todos los que estáis trabajados y
cargados, que yo os haré descansar» (Mat_11:28). ¿Piensas qué, después de recibir este mensaje
de Cristo mismo, que harás mal en acudir a él? Ahora comprendió el pobre capataz todo
inmediatamente, y creyó en el Señor Jesús para vida eterna, ahora sabía que tenía buena
autoridad y garantía para creer. As’ tu pobre alma, tiene la mejor autoridad para creer y por fe
acudir a Cristo, porque el Señor mismo te manda confiar en él.
Si esto no produce fe en ti, piensa en lo que debes creer, al saber que el Señor Jesucristo
sufrió en lugar de los pecadores y es poderoso para salvar a todos los que creen en él. Por cierto,
este es el hecho bendito que la humanidad ha oído y debiera creer. El hecho más a propósito, más
consolador, y divino que jamás a llegado a oído del hombre. Te aconsejo que pienses mucho en
él, que escudriñes la gracia y el amor que contiene. Estudia los cuatro evangelios y las epístolas
de Pablo y comprobarás que es digno de aceptación, y quedarás convencido a creerlo.
Si esto no basta, medita en la persona de Cristo, piensa en quién es, qué hizo, dónde esta,
y que es. ¿Cómo puedes dudar de él. Es cruel desconfiar del siempre verdadero Jesús. Nada ha
hecho que merezca desconfianza; al contrario, debiera ser fácil confiar en él. ¿Por qué
crucificarle de nuevo con nuestra incredulidad? ¿No es eso coronarle de espinas y escupir en su
rostro de nuevo? ¿Qué? ¿No es digno de confianza? ¿Qué insulto mayor que este podían
arrojarle los soldados? Le hicieron mártir, pero tú le haces mentiroso, lo que es peor. No
preguntes: ¿Cómo podré creer? Pero responde a otra pregunta: ¿Cómo podré descreer?.
Si ninguna de estas cosas te sirven, hay algo en ti fundamentalmente malo, y mi última
palabra será Sométete a Dios. Prejuicio u orgullo esta en el fondo de tu incredulidad. El Espíritu
de Dios te libre de tu enemistad, haciéndote sumiso. Pues eres rebelde, orgulloso, necio, y esta es
la razón por qué no crees en tu Dios. Cesa tu rebeldía, entrega las armas, entrégate humillado,
sométete a tu rey. Creo que nunca un alma levantó los brazos desesperada, exclamando «Señor, me entrego,» sin que la fe le viniera a ser cosa sencilla. La causa de tu incredulidad es que estas
en pleito con Dios, resuelto a seguir tu propia voluntad y tu propio camino. ¿Cómo podéis
vosotros creer que tomáis la gloria los unos de los otros? dijo Cristo. El yo orgulloso es el padre
de la incredulidad. Sométete, entrégate a Dios, y as’ te será fácil creer en el Salvador. Que el
Espíritu Santo intervenga secreta pero eficazmente en tu corazón, llevándote a la fe en el Señor