«Os es necesario nacer otra vez» (Joh_3:7). Esta palabra de nuestro Señor parece haber
sido en el camino de muchos la espada encendida, como la que se movía de un lado a otro a la
puerta del Paraíso. Han caído en la desesperación, porque este cambio está más allá de todos sus
esfuerzos. El nuevo nacimiento es de arriba y, por lo tanto, no es cosa que esté en el poder
humano efectuarlo. Lejos esté de mí negar o encubrir aquí una verdad que podría inspirar un
consuelo falso. Admito claramente que el nuevo nacimiento es sobrenatural y que no es obra que
el pecador pueda llevar a cabo por sí mismo. Sería para el lector de poca utilidad, si fuera yo
bastante malo para animarle, tratando de convencerle de rechazar u olvidar lo que es una verdad
indiscutible.
Pero ¿no es digno de notarse que este mismo capítulo, en que el Señor declara que el
nuevo nacimiento es de arriba y obra divina, contiene también la afirmación más poderosa que la
salvación es por fe? Lee el capítulo entero, Juan 3, y detente en los primeros versículos. Es
verdad que el versículo 3 dice: «Respondió Jesús, y le dijo: De cierto, de cierto, te digo que el
que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios.»
Pero luego los versículos 14 y 15 hablan como sigue: «Y como Moisés levantó la
serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo
aquel que cree en él tenga vida eterna.» El versículo 18 repite la misma doctrina en los términos
más amplios, diciendo: «El que cree en él no es condenado; pero el que no cree ya ha sido
condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.»
Es evidente a toda luz que estas dos afirmaciones deben estar en perfecto acuerdo, ya que
salieron de los mismos labios y constan en una misma página inspirada. ¿Por qué nos creamos
nosotros una dificultad donde no es posible que la haya? Si una afirmación nos asegura que para
la salvación se requiere una cosa que solo Dios puede proporcionarnos, y si otra afirmación nos
asegura que el Señor nos salvará mediante nuestra fe en Jesús, podemos sacar en consecuencia sin equivocación alguna que el Señor concederá a todos cuantos creen todo cuanto declara
necesario para la salvación. De hecho, el Señor produce el nacimiento nuevo en todos cuantos
creen en Jesús; y su fe es la manifestación más palpable de que hayan nacido de arriba.
Confiamos en Jesús, que hará lo que no somos capaces de hacer nosotros; si estuviera el
asunto en nuestro poder, ¿por qué acudir a él? A nosotros nos toca creer, la parte del Señor es
crear la vida nueva en nosotros. El no quiere creer por nosotros, ni debemos nosotros hacer las
obras de la regeneración por él. Basta para nosotros obedecer el mandamiento creyendo; al Señor
corresponde realizar el nacimiento nuevo en nosotros. El que pudo bajar hasta el extremo de
morir en la cruz por nosotros, puede y quiere concedernos todas las cosas necesarias para nuestra
seguridad eterna.
«Pero un cambio de corazón que salva es obra del Espíritu Santo.» Esta es una gran
verdad y lejos de nosotros esté el dudarlo u olvidarlo. Pero la obra del Espíritu Santo, es una obra
secreta y misteriosa, y sólo se puede conocer por los resultados. Hay misterios en nuestro
nacimiento natural que sería curiosidad profana intentar penetrar; con mayor razón es tratándose
de las operaciones sagradas del Espíritu de Dios. «El viento de donde quiera sopla, y oyes su
sonido; más ni sabes de dónde viene, ni a dónde vaya; así es todo aquel que es nacido del
Espíritu.» (Joh_3:8). Tanto sabemos, sin embargo, que la obra misteriosa del Espíritu Santo no
puede constituir razón alguna para que rehusemos creer en Jesús, de quien este mismo Espíritu
da testimonio.
Si se diera a una persona el encargo de sembrar un campo, no podría excusarse de su
negligencia diciendo que no valdría la pena sembrar, a menos que Dios hiciera brotar la semilla.
No quedaría justificada su negligencia de no labrar la tierra por la razón de que la energía secreta
de Dios tan solo puede producir una cosecha. Nadie queda impedido o parado en las tareas
ordinarias de la vida por la razón de que «si el Señor no edificaré la casa, en vano trabajan los
que la edifican» (Psa_127:1). Es cierto que quien cree en Jesús, jamás hallará que el Espíritu
Santo se niegue a actuar en él; el hecho es que su fe es prueba de que el Espíritu ya está actuando
en su corazón.
Dios actúa providencialmente, pero no queda inactiva por eso la humanidad. No se
podrían mover los hombres sin el poder divino, concediéndoles vida y fuerza, y no obstante
proceden en sus tareas sin pensar, recibiendo fuerza de día en día de parte de Aquel en cuyas
manos está su aliento y todos sus caminos. Así sucede en la condición espiritual. Nos
arrepentimos y creemos, aunque no podríamos hacer lo uno ni lo otro, si el Señor no nos
capacitara para ello. Volvemos la espalda al pecado confiando en Jesús, y luego percibimos que
el Señor ha actuado en nosotros tanto el querer como el hacer, según su beneplácito. Inútilmente
pretendemos que en este asunto haya dificultad.
Algunas verdades que es difícil explicar por palabra, son muy sencillas en la experiencia.
No hay contradicción entre la verdad que el pecador cree y que su fe es obra del Espíritu Santo.
Sólo la insensatez puede llevar al hombre a atascarse en misterios respecto a cosas sencillas,
cuando se hallan en peligro sus almas. Nadie rehusaría entrar en un bote salvavidas por no
conocer el peso, preciso de los cuerpos; ni el hambriento rehusaría comer por no conocer todo el
proceso de la nutrición. Si tú, no quieres creer hasta que comprendas todos los misterios, nunca te salvarás; y si permites dificultades de invención propia te impidan aceptar el perdón mediante
la fe en tu Señor y Salvador, perecerás por una condenación bien merecida. No cometas suicidio
espiritual entregándote apasionadamente a la discusión de sutilezas metafísicas.