Volvamos al gran texto «A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador.
Para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados» (Act_5:31). Nuestro Señor
Jesucristo ha subido para que la gracia baje. Él emplea su gloria para que propagar mejor su
gracia. El Señor no ha dado un solo paso hacia arriba sino con el objeto de llevar consigo a los
creyentes arriba. Ha sido ensalzado para dar arrepentimiento, lo que veremos adelante, nos
recordará de unas cuantas grandes verdades.
La obra que nuestro Señor ha llevado a cabo, ha hecho el arrepentimiento posible, de
utilidad y aceptable. La ley no habla de arrepentimiento, sino dice sencillamente «El alma que
pecare, esa morirá» (Eze_18:20). Si el Señor Jesús no hubiera muerto, resucitado y ascendido al
Padre, ¿para que serviría tu arrepentimiento o el mío? Podríamos sentir remordimiento de
conciencia con todos sus horrores, pero no el verdadero arrepentimiento con sus esperanzas.
Arrepentimiento en sentido de sentimiento natural es un deber común que no merece alabanza;
en verdad, es un sentimiento tan comúnmente mezclado con temor egoísta al castigo que su
mejor aprecio es de poco valor. Si no hubiera intervenido Jesús, acumulando una riqueza de
mérito, nuestras lágrimas de arrepentimiento no valdrían más que otras tantas gotas de agua
derramada en tierra.. Se haya ensalzado Jesús para que en virtud de su intercesión tenga valor ante Dios nuestro arrepentimiento. En este sentido nos da arrepentimiento, puesto que pone el
arrepentimiento en condición aceptable, lo que de otro modo no sería.
Cuando Jesús fue ensalzado, fue derramado el Espíritu de Dios para producir en nosotros
todo don de gracia necesario. El Espíritu Santo crea en nosotros el arrepentimiento renovándonos
de un modo sobrenatural quitando el corazón de piedra de nuestra carne. No te sientes
apretándote los ojos para sacarte algunas lágrimas imposibles; el arrepentimiento no sale de una
naturaleza rebelde, sino de la gracia libre y soberana. No entres en tu recámara pegándote en el
pecho para producir en un corazón de piedra sentimientos que no existen en él. En cambio, acude
en espíritu al Calvario y contempla la pasión y muerte de Jesús. Mira arriba de donde viene tu
socorro. El Espíritu Santo ha venido expresamente para hacer sombra a los espíritus de los
hombres y engendrar en ellos el arrepentimiento como antes se movía sobre la tierra desordenada
para producir orden. Eleva tu ruego a él. «Bendito Espíritu de Dios, apodérate de mí. Hazme
sencillo y humilde de corazón para que odie el pecado y sinceramente me arrepienta del mismo.»
Y él oirá tu clamor y te responderá.
Acuérdate también de que cuando el Señor Jesús fue ensalzado, no solamente nos dio el
arrepentimiento enviando al Espíritu Santo, sino consagrando todas las obras de la naturaleza y
la providencia para el gran fin de nuestra salvación, providencialmente cualquiera de ellas puede
llamarnos al arrepentimiento, ya sea que cante, como el gallo que oyó Pedro, o retumbe, como el
terremoto que espantó al carcelero de Filipos. Desde la diestra de Dios, nuestro Señor Jesús
gobierna las cosas de la tierra haciéndolas cooperar para la salvación de sus redimidos. Se vale
tanto de lo amargo como de lo dulce, de las penas como de las alegrías para producir en los
pecadores algún cambio de mente hacia Dios. Se agradecido por algún acto de la providencia que
te ha hecho pobre, enfermo o afligido; porque mediante tales cosas Jesús actúa en tu vida
llamándote hacia sí mismo. La misericordia del Señor frecuentemente viene cabalgando hacia
nuestra puerta sobre el jinete negro de la aflicción. Jesús se vale de toda la capacidad de nuestra
experiencia para separarnos del mundo y atraernos al cielo. Cristo ha sido ensalzado hasta el
trono del cielo y de la tierra para que mediante los procedimientos de la providencia someta
todos los corazones endurecidos hasta sentir el bendito quebranto del arrepentimiento.
Además, ahora mismo está actuando por sus juicios en el escenario de las conciencias por
su Libro inspirado (La Biblia), mediante nosotros que hablamos según el Libro y por las
oraciones de los amigos y de los corazones sinceros. Él te puede enviar una palabra que hiera tu
corazón de piedra, como la vara de Moisés, y haga brotar ríos de arrepentimiento. Él puede llevar
a tu mente algún texto de las Sagradas Escrituras que quebrante tu corazón y te cautive en un
momento. Misteriosamente puede ablandarte y, cuando menos pienses, causar que un
sentimiento de santidad invada tu alma. Puedes estar seguro de eso, que Aquel que ha entrado en
la gloria, ensalzado hasta el esplendor y majestad de Dios, tiene abundancia de medios para
efectuar arrepentimiento en los que tendrán perdón. En este mismo momento está esperando
darte arrepentimiento. Recíbelo inmediatamente.
Fíjate en el hecho, para consuelo tuyo. Que el Señor Jesucristo da este arrepentimiento a
los menos dignos de la humanidad. Fue ensalzado para dar arrepentimiento a Israel. ¡A Israel! En
los días que habló el apóstol así, era Israel la nación que más había pecado contra la luz y contra
el amor, coronando su obra de infamia por la crucifixión del Señor, atreviéndose a decir. «Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos» (Mat_27:25). Cierto, estos israelitas eran los
asesinos de Jesús; y no obstante fue ensalzado para darles el arrepentimiento. ¡Qué maravilla de
gracia! Escucha pues; si tu has sido criado a la luz cristiana más resplandeciente y a pesar de ello
lo has rechazado, hay todavía esperanzas para ti. Aun cuando hayas pecado contra la conciencia,
contra el Espíritu Santo, contra el amor de Jesús, todavía hay lugar para el arrepentimiento.
Aunque te hallaras endurecido como Israel incrédulo de antaño, todavía es posible tu
ablandamiento, ya que Jesús se haya ensalzado para dar arrepentimiento a los que llegaron al
colmo de la iniquidad, agravando de un modo especial su pecado. ¡Dichoso quien, como yo,
tiene un evangelio tan pleno para proclamar! ¡Dichoso tú que tienes el privilegio de escucharlo!
Los corazones de Israel se habían endurecido como una roca de pedernal. Martín Lutero
creía imposible la conversión de un judío. Sin estar de acuerdo con él, es preciso admitir que la
simiente de Israel ha sido terriblemente terca rechazando al Señor todos estos siglos pasados.
Con verdad dijo el Señor: «Israel no me quiso a mi» (Psa_81:11). Jesús «vino a los suyo, y los
suyos no le recibieron» (Joh_1:11). No obstante, para bien de Israel fue nuestro Señor Jesús
ensalzado para dar arrepentimiento y remisión de pecados. El lector es probablemente gentil;
pero a pesar de ello puedes tener un corazón muy terco que por muchos años ha resistido al
Señor Jesús. Y, no obstante, en ti puede nuestro Señor efectuar el arrepentimiento. Bien puede
ser que todavía tendrás que escribir, afligido por el amor divino, como el autor de la interesante
obra, Libro de cada día, quien en cierta época de su vida era un incrédulo obstinado. Vencido
por la gracia soberana escribió:
El corazón más altanero, Has quebrantado, Dios, en mí; El yo más terco más fiero Has
bien domado para ti. Tu voluntad cual mía quede: Tu ley, la regla de mi ser; Mi corazón, tu
Santa sede, Mi lucha, siempre obedecer.
El Señor puede dar arrepentimiento al menos digno, volviendo en ovejas a los leones, en
palomas a los cuervos. Volvamos a él para que cambio tan grande se opere en nosotros. Sin duda
alguna la contemplación de la muerte de Cristo es uno de los modos más seguros y efectivos para
alcanzar el arrepentimiento. No te sientes, procurando el arrepentimiento de la fuente seca y
corrompida de la naturaleza. Suponer que tu puedes por fuerza colocar tu alma en ese estado de
gracia, es contrario a las leyes de la mente humana. Lleva tu corazón en oración al que lo
comprende, diciendo: «Límpialo, Señor. Señor renuévalo. Señor realiza tu el arrepentimiento en
él.» Cuanto más procures tu mismo producir emociones de arrepentimiento en ti mismo, tanto
más fracasarás; pero si con fe piensas en Jesús que muere por ti, nacerá en ti el arrepentimiento.
Medita pues, en el Señor que de puro amor derrama la sangre de su corazón por ti. Fija la vista
de tu mente en la agonía y sudor de sangre, en la cruz y pasión; y al hacerlo así el afligido de
tanto dolor te mirará a ti y mediante esa mirada hará para contigo lo que hizo con Pedro, de
modo que tu también salgas para llorar amargamente. El que murió por ti puede hacer que tu
mueras al pecado mediante su Espíritu de gracia; y el que ha entrado en la gloria para tu bien,
puede conducir tu alma en pos de sí, hacia la santidad, dejando atrás el pecado.
Estaré contento de dejarte este pensamiento; no busques fuego debajo del hielo, ni
esperes hallar arrepentimiento en tu corazón natural. Miro al Vivo para hallar la vida. Mira a
Jesús por todo cuanto necesites entre la puerta del infierno y la puerta de cielo. No busques en
otra parte algo de lo que Jesús desea concederte, acuérdate de que Cristo es todo.