Charles Spurgeon Collection: Spurgeon - C.H. - Sermones (Sermons, True Essence of the livening): 0227 FuA©rzalos a Entrar

Online Resource Library

Commentary Index | Return to PrayerRequest.com | Download

Charles Spurgeon Collection: Spurgeon - C.H. - Sermones (Sermons, True Essence of the livening): 0227 FuA©rzalos a Entrar



TOPIC: Spurgeon - C.H. - Sermones (Sermons, True Essence of the livening) (Other Topics in this Collection)
SUBJECT: 0227 FuA©rzalos a Entrar

Other Subjects in this Topic:

El Púlpito de la Capilla New Park Street

Fuérzalos a Entrar



NO. 227

Sermón predicado la mañana del Domingo 5 de Diciembre Deuteronomy 1858

por Charles Haddon Spurgeon

En el Music Hall, Royal Surrey Gardens.

"Fuérzalos a entrar." -- Lucas 14: 23

        

Sermones

Tengo tanta prisa de ir y obedecer hoy mismo esta orden de forzar a entrar a los que se detienen ahora en los caminos y en los vallados, que no me puedo quedar en la introducción sino que debo dar inicio a mi presentación de inmediato.



Oigan pues, oh ustedes que desconocen por completo la verdad que es en Jesús, oigan pues el mensaje que tengo que entregarles. Ustedes han caído, caído en su padre Adán; también han caído por ustedes mismos, por el pecado que cometen diariamente y por su constante iniquidad. Han provocado la ira del Altísimo. Y tan ciertamente como han pecado, así de seguro los deberá castigar Dios si perseveran en sus iniquidades, pues el Señor es un Dios de justicia, y de ninguna manera pasará por alto al culpable.



¿Acaso no lo han oído ustedes?, ¿no se les ha dicho desde hace mucho tiempo al oído que, Dios, en su infinita misericordia, ha establecido una forma por la que, sin ninguna violación en contra de su honor, puede tener misericordia de ustedes, los culpables e indignos? A ustedes les hablo. Y mi voz se dirige a ustedes, oh hijos de los hombres. Jesucristo, Dios verdadero de Dios verdadero, descendió del cielo, y fue hecho a semejanza de carne de pecado. Engendrado por el Espíritu Santo, Él nació de la Virgen María. Vivió en este mundo una vida de santidad ejemplar y del más profundo sufrimiento, hasta que se entregó para morir por nuestros pecados, "el justo por los injustos, para llevarnos a Dios."



Y ahora el plan de salvación es declarado con sencillez a ustedes: "Todo aquel que cree en el Señor Jesucristo será salvo." Para ustedes que han violado todos los preceptos de Dios, y han despreciado su misericordia y desafiado su venganza, hay todavía para ustedes una misericordia proclamada: "todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo." Porque es "Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero;" "Y al que a Él viene, jamás lo echará fuera. Porque Él puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos."



Ahora todo lo que les pide Dios, y esto Él se los da a ustedes, es que tan sólo miren a Su Hijo sangrante y moribundo, y confíen sus almas en las manos de Él cuyo nombre es lo único que puede salvarlos de la muerte y del infierno. ¿No es de asombrar que la proclamación de este evangelio, no reciba la aceptación unánime de los hombres? Uno pensaría que tan pronto como fuera predicado: "para que todo aquel que en él cree, no se pierda," cada uno de ustedes, "arrojando sus pecados e iniquidades," se aferrarían a Jesucristo, y mirarían solamente a Su Cruz. Pero ¡ay! tal es la desesperada maldad de nuestra naturaleza, tal la perniciosa depravación de nuestro carácter, que este mensaje es despreciado, la invitación al banquete del Evangelio es rechazada, y hay muchas personas que en este día son enemigos de Dios por sus obras perversas. Ustedes son enemigos del Dios que les predica a Cristo hoy, enemigos de Él que envió a su Hijo para dar su vida como rescate para muchos. Digo que es extraño que sea así, y sin embargo es un hecho, y por ello la necesidad del mandato del texto: "Fuérzalos a entrar."



Hijos de Dios, para ustedes que han creído, tengo poco o nada que decirles esta mañana; y voy directo a cumplir mi propósito: busco a aquellos que no quieren venir, a los que están por los caminos y por los callejones. Y si Dios va conmigo, es mi deber cumplir ahora con esta orden: "Fuérzalos a entrar."



Primero, debo encontrarlos. Después, me debo de poner a trabajar para forzarlos a entrar.



I. Primero, debo ENCONTRARLOS A USTEDES. Si leen los versículos que preceden al texto, encontrarán una ampliación de este mandato: "Vé pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos." Y luego, más adelante, "Vé por los caminos" y trae a los vagabundos y bandidos; "y por los vallados" y trae a aquellos que no tienen donde descansar su cabeza, y están acostados junto a los vallados descansando, tráelos también, y "fuérzalos a entrar." Sí, los estoy viendo esta mañana, a ustedes los pobres. Mi misión es forzarlos a entrar. Ustedes no tienen recursos, pero esto no es una barrera para el reino de los Cielos, pues Dios no ha excluido de Su gracia al hombre que tiene frío y está cubierto de harapos y necesitado de pan. De hecho, si hubiera alguna distinción, estaría del lado de ustedes, y sería en su beneficio, "a vosotros es enviada la palabra de esta salvación." "Y a los pobres es anunciado el evangelio."



Pero especialmente debo hablarles a quienes son pobres espiritualmente. Ustedes no tienen fe, no tienen virtud, no tienen buenas obras, no tienen gracia, y lo que es peor aún, no tienen ninguna esperanza. Ah, mi Señor les ha enviado una invitación inmerecida. Vengan y sean bienvenidos a la fiesta de matrimonio de Su amor. "El que quiera, tome del agua de vida gratuitamente." Vengan, debo acercarme a ustedes, aunque estén manchados con la peor suciedad, y aunque no tengan nada sino harapos sobre sus espaldas. Aunque sus obras justas son como trapo de inmundicia, aún así me debo acercar a ustedes para invitarlos, primero, y si es necesario, forzarlos a entrar.



Y ahora los veo otra vez. No sólo son pobres, sino también mancos. Hubo un tiempo cuando creían que podrían lograr su propia salvación sin la ayuda de Dios, cuando podían hacer buenas obras, participar en las ceremonias, y entrar al cielo por ustedes mismos. Pero ahora están mancos, la espada de la Ley les ha amputado sus manos, y ahora ya no pueden trabajar más; dicen, con amarga tristeza:



"La mejor realización de mis manos,

No se atreve a presentarse ante Tu Trono."





Han perdido ahora todo el poder para obedecer la Ley. Sienten que cuando quieren hacer el bien, el mal está presente en ustedes. Ustedes están mancos. Han renunciado, como a una esperanza abandonada, a todo intento de salvarse por sus propios medios, debido a que están mancos y sin brazos. Pero están peor que eso, porque si no pudieran hallar su camino al Cielo, podrían encontrar el camino por el sendero de la fe. Pero están lisiados de los pies al igual que de las manos. Sienten que no pueden creer, que no pueden arrepentirse, que no pueden obedecer las estipulaciones del evangelio. Se sienten absolutamente arruinados, sin ningún poder en todos los sentidos para hacer algo que pueda agradar a Dios. En efecto, ustedes claman:



"Oh, si tan sólo creyera,

Entonces todo sería muy fácil,

Quiero, pero no puedo, socórreme Señor,

Mi ayuda debe venir de Ti."





Para ti soy enviado también. Ante ti debo levantar en alto el estandarte manchado de sangre de la Cruz, a ti debo predicar este evangelio: "Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo." Y a ti debo proclamar: "El que quiera, tome del agua de vida gratuitamente."



Hay todavía otra clase. Ustedes están indecisos. Están dudando entre dos opiniones. Algunas veces están inclinados seriamente, y otras veces la alegría del mundo los desvía. El poco progreso que hacen en la religión es muy débil. Tienen un poco de fuerza, pero es tan poca que avanzan penosamente. Ah, hermano que caminas cojeando, a ti también se ha enviado esta palabra de salvación. Aunque te quedes paralizado entre dos opiniones, el Señor me envía a ti con este mensaje: "¿Hasta cuándo vacilaréis entre dos opiniones? Si Jehovah es Dios, ¡seguidle! Y si Baal, ¡seguidle!" Considera tus caminos; pon en orden tu casa, porque vas a morir y no vivirás. ¡Prepárate para venir al encuentro de tu Dios, oh Israel! Ya no titubeen, decídanse por Dios y Su Verdad.



Y todavía veo a otra clase, la de los ciegos. Sí, a ustedes que no pueden verse ni a sí mismos, que se creen buenos cuando está llenos de maldad, que toman por amargo lo dulce y lo dulce por amargo, la oscuridad por la luz y la luz por oscuridad. A ustedes he sido enviado. Ustedes, almas ciegas que no pueden ver su herencia perdida, que no creen que el pecado sea tan excesivamente malo como lo es, y que no quieren ser persuadidos que Dios es un Dios justo y recto, a ustedes he sido enviado. A ustedes, también, que no pueden ver al Salvador, que no ven belleza en Él para desearlo; que no ven la excelencia en la virtud, ni gloria en la religión, ni felicidad en el servicio a Dios, ni se deleitan por ser sus hijos; a ustedes, también, he sido enviado.



Si, ¿a quién no he sido enviado si me apego a mi texto? Porque va más lejos aún: no sólo da una descripción particular, de manera que pueda encontrarse cada caso individual, sino que más adelante hace un recorrido general, y dice: "Vé por los caminos y por los callejones." Aquí hacemos entrar a todos los rangos y condiciones de hombres: al gran señor en su caballo por el camino, y a la mujer caminando con todo el peso de sus preocupaciones. Al ladrón emboscando al que va por el camino; todos ellos están en los caminos, y todos ellos son forzados a entrar, y allá en los callejones descansan las pobres almas cuyos refugios construidos de mentiras han sido destruidos, y buscan ahora un pequeño albergue para sus cansadas cabezas. A ustedes, también, hemos sido enviados esta mañana. Este es el mandato universal: fuérzalos a entrar.



Ahora, hago una pausa después de haber descrito el carácter. Hago una pausa para mirar hacia la tarea parecida a la de Hércules que está frente mí. Bien dijo Melanchton: "El viejo Adán fue demasiado fuerte para el joven Melanchton." Como si un niño quisiera doblegar a un Sansón, así busco yo conducir a un pecador hacia la Cruz de Cristo. Y, sin embargo, el Señor me envía con ese encargo. Allí, veo ante mí la gran montaña de la depravación humana y de la torpe indiferencia, pero por la fe exclamo, "¿Quién eres tú, oh gran montaña? ¡Delante de Zorobabel serás aplanada!"



¿Mi señor me dice: fuérzalos a entrar? Entonces, aunque el pecador sea como un Sansón y yo como un niño, lo conduciré con un hilo. Si Dios me dijo que lo hiciera, y yo lo intento con fe, se hará; y si con un corazón que gime, lucha y llora, busco este día forzar a los pecadores a venir a Cristo, las dulces exigencias del Espíritu Santo irán con cada palabra, y algunos serán forzados a entrar, con toda certeza.



II. Y ahora manos a la obra, directo a la tarea. Hombres y mujeres inconversos, todavía sin reconciliación y sin regeneración, a ustedes debo FORZARLOS A ENTRAR. Permítanme abordarlos en los caminos del pecado y repetirles otra vez mi encargo. El Rey del Cielo les envía esta mañana una inmerecida invitación. Él dice: "¡Vivo yo, que no quiero la muerte del impío, sino que el impío se aparte de su camino y viva!"



"Venid, pues, dice Jehovah; y razonemos juntos: Aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos. Aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana." Queridos hermanos, mi corazón se regocija al pensar que tengo tan buena nueva que decirles, y sin embargo confieso que mi alma también está triste porque veo que ustedes no la consideran una buena nueva, sino que se alejan de ella, y no le dan su debida consideración.



Permíteme decirte lo que el Rey ha hecho por ti: Él conocía tu culpa, Él sabía anticipadamente que ustedes se irían a la ruina. Sabía que su justicia exigiría la sangre de ustedes, y para resolver esta dificultad, y que su justicia fuera debidamente cumplida, y que aún así ustedes pudieran ser salvos, Jesucristo ha muerto. Contemplen por un momento este cuadro. ¿Ven a ese hombre allí de rodillas en el jardín de Getsemaní, sudando gotas de sangre? ¿Ven después esto: ven a ese Ser que sufre atado a un pilar y que es azotado con terribles latigazos, hasta que los huesos de sus hombros se vuelven visibles como blancas islas en medio de un mar de sangre? Otra vez, vean este tercer cuadro. Es el mismo Hombre que cuelga en la Cruz con las manos extendidas, y con los pies firmemente clavados, agonizante, gimiendo y sangrando; es como si el cuadro hablara y dijera, "Consumado es."



Todo esto ha hecho Jesucristo de Nazaret para que Dios pudiera, de manera consistente con su justicia, perdonar el pecado. Y el mensaje para ustedes esta mañana es este: "Cree en el Señor Jesús y serás salvo." Es decir, confíen en Él, renuncien a sus obras y a sus caminos, y pongan su corazón solamente en este Hombre, quien se entregó, Él mismo, por los pecadores.



Bien hermanos, les he dicho el mensaje, ¿qué dicen al respecto? ¿lo rechazan? Me dicen que para ustedes no es nada. No pueden escucharlo; que me escucharán muy pronto. Pero quieren continuar en su camino en este día y cuidar sus propiedades y sus bienes. Deténganse hermanos, no solamente me fue dicho que les dijera el mensaje y continuara con mis asuntos. No. Se me pide que les fuerce a entrar. Y permítanme hacerles esta observación antes que siga adelante, que hay una cosa que puedo decir, y de la que Dios es testigo esta mañana, que es en serio mi deseo que obedezcas este mandato de Dios. Puedes despreciar tu propia salvación, pero yo no la desprecio. Te puedes ir y olvidar lo que vas a oír, pero recuerda por favor que las cosas que ahora te digo me costaron muchos sufrimientos antes que viniera aquí para expresarlas. Te hablo desde la parte más íntima de mi alma, mi pobre hermano, cuando te suplico por quien vive y estuvo muerto, y está vivo para siempre. Considera el mensaje de mi Señor que me pide que te lo presente ahora.



¿Pero acaso lo desprecias? ¿Todavía lo rechazas? Entonces debo cambiar mi tono por un minuto. No solamente te diré el mensaje y te invitaré como lo hago con toda seriedad y afecto sincero, sino que iré más lejos. Pecador, en el nombre de Dios te ordeno que te arrepientas y creas. ¿Me preguntas de dónde viene mi autoridad? Soy un embajador del Cielo. Mis credenciales, algunas de ellas secretas y en mi propio corazón. Y otras están abiertas ante ustedes y tienen los sellos de mi ministerio que son las muchas personas algunas sentadas y otras de pie en esta iglesia, donde Dios me ha dado muchas almas por mis servicios. Como el Dios eterno me ha dado una comisión para predicar Su evangelio, les ordeno que crean en el Señor Jesucristo. No por mi propia autoridad sino por la autoridad de quien dijo, "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura." Y luego añadió esta solemne sanción, "El que cree y es bautizado será salvo; pero el que no cree será condenado." Rechacen mi mensaje, y recuerden "El que ha desechado la ley de Moisés ha de morir sin compasión por el testimonio de dos o tres testigos." ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que ha pisoteado al Hijo de Dios? Un embajador no tiene menor rango que el hombre con quien trata, puesto que está colocado en alto. Si el ministro escoge asumir la dignidad adecuada, y es ceñido con la omnipotencia de Dios, y es consagrado con su santa unción, debe mandar a los hombres, y hablar con toda autoridad para forzarlos a entrar: "convence, reprende y exhorta con toda paciencia y enseñanza."



¿Pero te alejas y dices que no aceptarás órdenes? Entonces otra vez cambiaré mi nota. Si lo anterior no ayuda, todos los otros medios a mi alcance serán intentados. Queridos hermanos, vengo a ustedes con mi lenguaje sencillo, para exhortales que corran hacia Cristo. Oh, hermanos míos, ¿no saben que es un Cristo lleno de amor? Déjenme decirles desde mi propia alma lo que sé de Él. Yo también, alguna vez lo desprecié. Él tocaba a la puerta de mi corazón y yo rehusaba abrirla. Venía a mí, innumerables veces, mañana tras mañana, y noche tras noche. Me reconvenía en mi conciencia y me hablaba por medio de su Espíritu, y cuando, por fin, los truenos de la Ley prevalecieron en mi conciencia, creía que Cristo era cruel y sin amor.



Oh, no me puedo perdonar nunca a mí mismo por haber pensado tan mal de Él. Pero qué recepción tan llena de amor tuve cuando fui hacia Él. Yo pensaba que me castigaría, pero su mano no estaba cerrada por la ira sino completamente abierta en misericordia. Yo pensaba, completamente seguro, que sus ojos lanzarían relámpagos de ira hacia mí; pero, en lugar de ello, estaban llenos de lágrimas. Cayó sobre mi cuello y me besó. Me quitó mis harapos y me vistió con Su justicia, e hizo que mi alma cantara en alto de alegría; al tiempo en la casa de mi corazón y en la casa de Su iglesia había música y danza, porque el hijo que había perdido fue encontrado, y el que estaba muerto recibió de nuevo la vida.



Te exhorto, pues, a que mires a Jesucristo para que tu carga sea aligerada. Pecador, nunca lo lamentarás, seré un testimonio por mi Señor que no lo lamentarás nunca, no suspirarás para regresar a tu estado de condenación. Saldrás de Egipto e irás a la Tierra Prometida y la encontrarás fluyendo con leche y miel. Encontrarás pesadas las pruebas de la vida cristiana, pero recibirás Gracia para que se vuelvan livianas. En cuanto a los goces y deleites de ser un hijo de Dios, si hoy te miento me lo cargarás en los días venideros. Si saboreas y ves que el Señor es bueno, no tengo la menor duda que descubrirás que no sólo es bueno, sino mejor de lo que lo pueden describir los labios de los hombres.



No sé qué argumentos utilizar contigo. Apelo a tus propios intereses. Oh, mi pobre amigo, ¿no sería mejor para ti reconc